VARIEDADES

Un Nobel de la Paz contra el tercer jinete

La Academia galardona al Programa Mundial de Alimentos de la ONU como denuncia a las prácticas de hambruna inducida en los conflictos.

Desde las guerras de los tiempos bíblicos, donde se salaban los campos para que no volviera a crecer cultivo alguno y dejar sin alimentos a ciudades enteras, el hambre inducida se ha usado como arma de guerra en decenas de conflictos dejando más muertos que las espadas, las balas o las bombas. Hasta el Apocalipsis le tiene reservado el tercero de sus cuatro jinetes. La concesión del Premio Nobel de la Paz 2020 al Programa Mundial de Alimentos de la ONU, el número 101 de la historia, es un recordatorio de que el hambre en el mundo y la pervivencia de guerras terribles van unidos, pero también un reconocimiento a la labor de esta organización, una de las pocas y que de forma más efectiva se ocupa de los más de 100 millones de hambrientos más extremos de los casi 690 que hay en el mundo. El galardón "es un poderoso recuerdo para el mundo de que la paz y el hambre cero van de la mano", señaló esta agencia con sede en Roma, creada en 1961 inicialmente como un programa experimental de tres años, al agradecer al Comité Noruego del Nobel el premio, que llega el año en que la pandemia de coronavirus ha agravado el flagelo del hambre. En un comunicado, el director ejecutivo, David Beasley, que ayer se encontraba de misión en Níger, subrayó que "cada uno de los 690 millones de personas que padecen hambre en el mundo de hoy tiene derecho a vivir en paz y sin hambre. Son personas cuyas vidas a menudo se ven brutalmente destrozadas por la inestabilidad, la inseguridad y los conflictos". Con este galardón, la academia sueca vuelve a denunciar las consecuencias de prácticas intolerables que violan las normas de la guerra porque no discriminan entre militares y civiles. Hace dos años, el premio fue para el ginecólogo congoleño Denis Mukwege y la activista yazidí Nadia Murad, dos luchadores contra la violencia sexual. Hace seis años, la academia reconoció a Malala Yusaif y a Kailash Satyarthi "por su lucha contra la represión de los niños y jóvenes, y por el derecho de todos los niños a la educación". Ambos, violación de mujeres y niñas y recluta de niños soldado, representan, junto al hambre inducida, tres de los más horribles crímenes contra la Humanidad. El Programa Mundial de Alimentos, una idea del presidente estadounidense Dwight D Eisenhower en 1961, emplea a 19.000 trabajadores y maneja un enorme músculo logístico capaz de llevar cientos de toneladas de alimentos a poblaciones aisladas en lugares remotos o peligrosos, y garantizar su sustento durante años, por muy difíciles que sean las condiciones. Además, en muchos países del tercer mundo donde las carreteras o no existen o no pueden usarse, el Programa Mundial de Alimentos posee una red de transporte aéreo para trabajadores humanitarios que ha supuesto la diferencia entre la vida y la muerte de centenares de miles de personas. También se encargan de levantar redes de comunicaciones modernas donde no existían o han sido dañadas por la guerra. Desde nuestro mundo es difícil entender la dimensión de su trabajo. Pero basta con viajar a cualquier país golpeado con la dentellada del hambre para comprobar el impacto de su ayuda en forma de grandes almacenes de arroz, sorgo, aceite, azúcar y otros alimentos básicos, así como de flotas de aviones de transporte o helicópteros en los aeropuertos para trasladar la comida a los lugares donde es necesaria. Además, esta organización se sirve de víveres comprados a los agricultores locales para relanzar las precarias economías del tercer mundo. A decenas de miles de mujeres el PMA les enseña cómo elaborar una simple leche terapéutica para alimentar a sus bebés cuando sufren desnutrición severa.
Crimen De Guerra
Los conflictos actuales han incorporado el hambre en su criminal catálogo de estrategias bélicas. Es un arma de guerra de primera magnitud que resulta fácil de aplicar, no deja huellas y se ejecuta de forma silenciosa y barata. No se trata de la carestía de alimentos que todo enfrentamiento provoca, sino de la estrategia intencionada de privar al enemigo de comida para que acabe muriendo. Aunque se trata de un gravísimo crimen de guerra, nunca se ha juzgado a nadie por ello. Recordemos Somalia y su guerra civil: el señor de la guerra Mohamed Farrah Aidid impidió el despliegue de ayuda humanitaria y provocó una hambruna en 1993 con más de medio millón de niños muertos por la falta de alimentos. Lo mismo puede decirse del Gobierno sudanés en su guerra contra los rebeldes del sur en el llamado triángulo del hambre entre Kongor, Leer y Ayod, donde Kevin Carter realizó su famosa fotografía del niño con el buitre en 1994. Los militares de Jartum cerraron las carreteras y permitieron que miles de personas murieran deliberadamente de hambre. La actualidad nos deja un buen reguero de conflictos donde el hambre es una decisión política y forma parte del plan de guerra. En todos ellos la presencia del Programa Mundial de Alimentos ha servido de salvavidas para millones de personas. En Yemen, por ejemplo, se hace de muchas maneras: bombardeando las vías de abastecimiento de alimentos o cerrando las carreteras simplemente con un checkpoint. En Sudán del Sur se destruyen cosechas, almacenes de alimentos o se roban los pequeños stocks que guardan las familias para momentos de carestía. O se mata al ganado, que deja de proporcionar carne y leche. Otros envenenan los pozos de agua y así no hay con qué regar. Las tropas de Bashar Asad en Siria se especializaron en bombardear las colas del pan y en sitiar barrios enteros como el de Yarmuk, en Damasco, donde murieron de hambre cientos de personas. La pandemia de coronavirus lo va a poner aún más difícil con la crisis económica que ha provocado y los confinamientos prolongados, que dejaran previsiblemente cosechas más pobres que otros años. La entrega de este premio tendrá lugar el 10 de diciembre, aniversario de la muerte del inventor Alfred Nobel, en Oslo. (Con datos: elmundo.es)